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Sala de espera

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  Se me ha ocurrido enviar una anotaciòn desde el telefono, mientras dejo pasar el rato en una sala de espera para que me hagan una extracciòn. La imagen es de la parroquia de St. Georges, muy cerca de St. Emillion. La tomé una fresquísima mañana de finales de diciembre. La niebla lo envolvía todo. El silencio invitaba a nuestros sentidos a perderse en la intemporalidad de aquél lugar. Pasado. Presente. Futuro.

Asalto al tren

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Leo en un número de La Correspondencia de España de 1869 la siguiente noticia: "El tren de Andalucía que llegó a Madrid el domingo, fue detenido entre Valdepeñas y Mansanares por una partida de ladrones. Era la madrugada, y los viajeros, al mismo tiempo que el tren detenía su marcha, oyeron los gritos de !alto y fuego!. Había, en efecto, alrededor de los coches, un grupo de quince ó veinte hombres armados, que colocando luces rojas en la vía habían hecho detener el tren. Por fortuna en el mismo venían algunos guardias civiles que se echaron al suelo dando voces de que los viajeros que tuvieran armas las prepararan, y habiendo disparado un tiro uno de estos, los ladrones huyeron precipitadamente, sin que fuera posible darles alcance". Y me acuerdo de un viejo grabado que me regaló un amigo hace años. Representaba el asalto a un tren por una partida carlista durante la tercera de sus guerras. Todavía cuelga de las paredes de mi casa, y en más de una ocasión me pierdo en sus de...

Sweet dreams, baby!

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He querido dar una nota de color a este cuaderno, tan frecuentado como está últimamente por los blancos, negros, sepias y otros colores de la memoria difusa. Lo he hecho además para iluminar un poco los negros pensamientos que hoy me acompañan. Si el lector de estas líneas no está interesado en escuchar el insistente sonido de una pataleta, o los lamentos cargantes de quien desea soltar la bilis sin detenerse demasiado en depurar  los modos, hará bien en detenerse aquí, clickear alguno de los enlaces que se le ofrecen a la derecha y volver en otra ocasión. Yo se lo agradeceré, pues nunca tendré que extenderme en reparar lo que ahora corre el riesgo de romperse. Una vida normal. Oíamos hace unas semanas a Cristina Borbón quejarse de que no se le dejaba llevar una vida normal . ¿Qué es una vida normal? ¿Vivir en uno de los más exclusivos barrios de Washington a sueldo –generoso, por supuesto-de una corporación, a la que el favor le es devuelto con creces en alguno de los laberínticos pas...

Un mendigo en Toledo

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Preparando mi próxima visita a Toledo, saqué de las entrañas de mi biblioteca una interesante guía de la que conservaba un buen recuerdo de mi anterior estancia allá por el año 94. Más que guía, es un grueso volumen editado por aquellos mismos años, en el que se cuenta -a mi parecer- con gran lujo de detalles historias y anécdotas de todo lo que existe en aquella ciudad, desde en el más recóndito de los rincones, hasta en la mismísima plaza de Zocodover. Según tomé  el libro, fueron asomando de su interior viejas entradas de los museos de la ciudad, algún recorte de prensa, una pintoresca etiqueta de manzanilla de Cadiz -volvíamos de aquél lugar cuando paramos en Toledo-, y una antigua postal de la que no tenía memoria alguna hasta que la vi. Es esta misma, la que acompaña al texto, y recuerdo haberla comprado en una librería de viejo uno de aquellos días. Quien me conoce un poco sabe, o sospecha, de mi afición por las postales antiguas. Colecciono hasta el momento una moderada cantida...

Bravos y brillantes

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Teníamos la costumbre de subir a sentarnos en el adarve del muro que rodeaba la huerta de los padres de Martín. Allá, dominando ese pequeño mundo con nuestra mirada, solíamos compartir a menudo unos cantimpalos crudos con algo de pan del día anterior. Chino  los había sustraído hábilmente de la cocina de su casa, en el mismo momento en que salía de ella como si fuera una de esas veloces corrientes de aire que peinaban los trigales. Sus padres regentaban la carnicería del pueblo, y eso garantizaba un suministro ilimitado de todo tipo de chorizos, jamones y otras viandas, siempre y cuando no fuera descubierto. Exceptuando al sonido del trigo cuando por fuerza del aire se inclina agitado a un lado y otro, nada más se oía desde aquél lugar. Ni siquiera a nosotros masticar aquellos manjares con la boca tan llena que no cabía más en ella. Nos mirábamos, asentíamos con la cabeza señalando a los chorizos y seguíamos disfrutando de ellos mientras nuestra atención se perdía a lo lejos, más allá ...

Os saludo rompiendo la pluma

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Encontraba el otro día en el blog de 1977voltios cierta reflexión que he querido hacer mía, dados los tiempos en los que vivimos, y la que en este momento está cayendo con el linchamiento mediático a los servidores de descargas como promotores de la piratería informática. Piratas. Incluso el sonido de éste término había ido adquiriendo un tono novelesco, romántico que ahora, de un plumazo han querido borrar ramoncines y otras criaturas de la misma jaula dorada. Tengo todavía un templado recuerdo de sus apariciones televisivas, recordándonos el modo en que había que entender aquello de la piratería como algo muy malo para todos nosotros. No hace falta que nos adoctrinen: sabemos de que hablamos y, para desgracia suya, somos capaces de diferenciar entre a quienes no les pesa robar y asesinar para lucrarse, y lo que representan los personajes del cine y la literatura de aventuras… A lo que iba. Hablando de piratas, todos conocemos a Emilio Salgari. Algunos de esos aventureros que poblará...

Relecturas, traducciones y flappers

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Llevo  estas últimas semanas dando vueltas a algunas viejas lecturas: “El gran Gatsby” y “Fiesta” , entre otras. Dicen que la primera tiene que ver mucho con el nacimiento de la segunda. No me resulta extraño, la verdad. Estos dos reencuentros, por ejemplo, vienen a cuento de una película y una lectura frustrada. La primera es la de Woody Allen, “Medianoche en París” , de la que me gusta todo menos el final, que me parece bastante facilón. La segunda –la lectura frustrada-, es por haber comprado un libro de Scott Fitzgerald que creo que es de reciente edición en este país: “Mi ciudad perdida” , donde se recogen una colección de ensayos más o menos autobiográficos según dice su presentación. Pues bien, la frustración es la misma que me decidió a dejar en manos del BookCrossing, sin ni medio leerla,  una edición de Porrua del “Noventa y Tres” de Victor Hugo. Lo siento, más aún con las ganas que tenía de hincarle el ojo, pero aquello me resultaba imposible de leer: o era una traducció...